Sobre Ōvile

Hola, soy María.

Y esta es la historia de cómo unas velas terminaron ocupando un rincón importante de mi vida.

A veces perderse es la forma más rápida de volver a encontrarse.

 

Empecé a hacer velas en 2022.

Por aquel entonces llevaba dos años inmersa en la maternidad y la lactancia a demanda. Quien haya pasado por ahí probablemente entienda lo que quiero decir cuando hablo de esa sensación de dejar de reconocerte un poco. No porque no amara ser madre, sino porque, entre pañales, despertares y un bebé pegado a mí prácticamente las veinticuatro horas del día, muchas de las cosas que me hacían ser yo habían desaparecido.

Mis aficiones desaparecieron.
Mi tiempo desapareció.
Y, poco a poco, también desapareció esa parte de mí que disfrutaba creando cosas.

Durante muchas horas al día hacía lo mismo que hacen tantas madres agotadas: sujetar un bebé mientras hacía scroll infinito en el móvil.

Y entre reel y reel, el algoritmo empezó a enseñarme vídeos de gente haciendo velas.

Recuerdo pensar algo muy sencillo:

«¿Qué hago viendo a otras personas crear cosas que podría intentar hacer yo?»

Porque si algo me ha acompañado siempre es el gusto por hacer cosas con mis propias manos.

Me encanta lo artesanal.
Me encanta construir.
Me encanta aprender.

Quien me conoce sabe que soy incapaz de quedarme quieta mucho tiempo. Vivo prácticamente de reforma en reforma y muchas de esas aventuras las comparto con mi padre. Entre los dos hemos montado, arreglado, desmontado y vuelto a montar media casa.

Así que un día decidí probar.

Sin plan de negocio.
Sin expectativas.
Sin pensar que algún día tendría una marca.

Solo quería hacer algo para mí.

Además, siempre me había fascinado entrar en tiendas como Zara Home y preguntarme por qué allí todo olía tan bien mientras que en mi casa nunca conseguía ese mismo ambiente, por muchas velas o ambientadores que comprara.

Hoy la situación ha cambiado bastante.

Mi taller está dentro de casa y hay días en los que cada habitación huele a una prueba diferente. A veces abro una puerta y me encuentro jazmín. Otras veces mango, té verde o vainilla.

Mi casa se ha convertido en una especie de laboratorio aromático permanente.

Lo que empezó como una prueba se convirtió rápidamente en una obsesión bonita.

Hacía una vela y ya quería probar la siguiente.

Y luego otra.

Y otra más.

Llegó un momento en que era imposible gastarlas todas.

Las regalaba a familiares, amigos, vecinos y prácticamente a cualquiera que se cruzara en mi camino.

Pero la materia prima era cara y mi nuevo hobby empezaba a crecer más rápido que mi presupuesto.

Así que empecé a vender algunas velas en Wallapop.

No para ganar dinero.

Solo para que el propio hobby pudiera sostenerse.

La idea era sencilla: si conseguía recuperar lo que gastaba en materiales, podría seguir creando.

Y funcionó.

Poco a poco llegaron los primeros pedidos.

Después los talleres.

Luego los mercadillos.

Y cuando me quise dar cuenta, aquello que había empezado como una pequeña vía de escape se había convertido en algo mucho más grande.

La realidad es que nunca planeé llegar hasta aquí.

Me he liado porque me he dejado liar.

Y porque, para qué engañarnos, me encanta estar aquí liada.

 

Aun así, Ōvile no es mi trabajo principal.

Mi día a día sigue estando en una cafetería familiar que gestiono junto a mi madre. Un proyecto construido durante años, en el que también han estado mi padre y mi hermano, y al que le tengo un cariño enorme.

Es un negocio que me da alegrías, dolores de cabeza, estrés, orgullo y alguna que otra cana prematura.

Pero también forma parte de quién soy.

Por eso nunca he tenido la intención de convertir Ōvile en una fábrica ni en una carrera por producir más y más.

Porque si algo he aprendido es que aquello que nace para cuidarte puede dejar de hacerlo cuando se convierte únicamente en una obligación.

Las velas empezaron siendo mi refugio.

Mi ratito.

Mi forma de volver a encontrarme.

Y, aunque hoy formen parte de mi vida de una manera mucho más grande de la que imaginaba, intento que sigan siendo exactamente eso.

Gracias por estar aquí.

De verdad.

Porque detrás de cada vela, cada wax melt, cada taller y cada pedido, sigue estando aquella madre agotada que un día decidió dejar de mirar cómo creaban otros para volver a crear algo por sí misma.

 

Al final, nunca se trató solo de velas.