El ritual de volver a casa
Hemos aprendido a vivir deprisa incluso dentro de casa.
Llegamos cansados, recogemos cosas mientras pensamos en mañana, cenamos mirando el móvil y llamamos descanso a quedarnos quietos unos minutos viendo una pantalla.
A veces ni siquiera estamos presentes en los lugares donde vivimos.
Hay días en los que llego a casa y siento que mi cabeza todavía no ha llegado conmigo.
Sigo pensando en lo que falta.
En la lavadora.
En responder mensajes.
En si mañana me dará tiempo a todo.
En los niños.
En el trabajo.
En mil cosas pequeñas que se van quedando pegadas al cuerpo durante el día.
Y de repente son las diez de la noche y me doy cuenta de que llevo horas en casa… pero sin estar realmente en ella.
Creo que muchas madres entendemos muy bien esa sensación.
La de pasar el día cuidando, organizando, resolviendo cosas para todo el mundo… y olvidarnos un poco de nosotras por el camino.
Por eso empecé a crear pequeños rituales.
No rituales perfectos.
Ni espirituales.
Ni de esos que parecen sacados de Pinterest donde todo está limpio, ordenado y una señora hace journaling a las seis de la mañana.
Rituales reales.
Encender una vela mientras recojo la cocina.
Bajar las luces cuando los niños ya están dormidos.
Prepararme un té.
Sentarme cinco minutos en silencio.
Poner música suave mientras doblo ropa.
Intentar volver un poco a mí al final del día.
Y aunque parezca una tontería… cambia algo.
No porque desaparezcan los problemas.
Ni porque de repente una se sienta feliz y en paz todo el tiempo.
Simplemente porque hay momentos en los que sentirse acompañada ya ayuda muchísimo.
Ōvile nace un poco desde ahí.
Desde esa necesidad de crear espacios cálidos cuando la vida pesa demasiado.
Desde la idea de que no hace falta estar bien para merecer calma.
Desde aprender que las emociones incómodas no siempre necesitan arreglarse o esconderse.
A veces solo necesitan espacio.
Y creo que eso es algo que olvidamos constantemente.
Nos exigimos estar motivadas, agradecidas, productivas, organizadas… incluso agotadas intentamos hacerlo todo bien.
Pero hay días en los que sobrevivir al día ya es suficiente.
Y aun así seguimos mereciendo belleza.
Seguimos mereciendo calma.
Seguimos mereciendo pequeños momentos que nos hagan sentir un poco más presentes en nuestra propia vida.
Para mí, encender una vela es eso.
Una forma pequeña de decirme:
“vale, el día ha sido intenso… pero sigo aquí.”
Y quizá eso es realmente volver a casa.